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EL
VIENTO GALOPA SOBRE LAS TINIEBLAS
Desde
la madrugada el agua comenzó a caer sobre la tierra enrojecida,
comenzó a golpear los chamizos, los árboles pelados, lo
que quedaba de tanto afán y sacrificio. Miró a su alrededor
y maldijo su suerte. Y pensó en su mujer y sus hijos dormidos a
esa hora, con los rostros serenos, a pocos metros de donde él estaba
fumando su tabaco amargo. No había pegado los párpados en
toda la noche anterior, golpeado su oído por el viento que silbaba
sin cesar en el desfiladero, justo en ese lugar llamado La Vuelta del
Diablo, como si éste se hubiera escapado de su infierno y ahora
rondara por esos paraje todavía sedientos, a pesar de la lluvia
que caía con obstinación. Ahora me da lo mismo que llueva
o nó, se dijo con ahogado rencor. Ya ni el amanecer que se acercaba
a pasos de montaña, de claridades desatadas, podría restauraren
su ánima el sosiego perdido, la esperanza de salir aunque fuera
por unos meses de su absurda pobreza de más de treinta años.
La
Noche siguiente comenzó más temprano la lluvia. Miró
a través de las finas agujas que caían; se caló hasta
las cejas el viejo sombrero de alas anchas, atravesó la callejuela
oscura donde agua empezaba a caer con furia y entró en la taberna,
frotándose las manos para ahuyentar el frío intenso que
se le metía por la piel. Se acerco al mostrador de madera descolorida,
a cuya izquierda apuraban sus copas tres hombres: Martín ojos de
gallo, así llamado por tener amarillos y redondos los suyos, Luciano,
apodado el lince por su capacidad para ver a distancia, y Dámaso,
el serenatero, llamado de este modo por su afición a tocar el cuatro
y cantarle a las mozas del pueblo. Todos eran amigos suyos; los miró
de reojo y se sentó junto a éste último. Un calentao,
dijo al tuerto Lucena, que atendía personalmente su negocio. Un
calentao doble.
Buena
noche, agregó. Los tres hombres le contestaron al unísono
con las mismas palabras. Después se inició la conversación.
No había pele: ese año sería el gran desquite. El
buen tiempo era un tema del que no se podía prescindir y más
en la taberna, al calor de unos tragos, mientras afuera continuaba cayendo
el agua. Nadie entonces, se hubiera imaginado que después de esa
noche dejaría de llover hasta quemarse todo el campo, a puro calor
de sol hecho lenguas sedientas.
Fuma
que fuma su tabaco cada vez más amargo, a medida que piensa en
todo lo que se le ha ido de las manos callosas. Recordó las palabras
de su compadre, cuando hacía predicciones. NI mandinga, Quintín,
podría contradecirme. Esta vez si no fallo.
Compadre,
compadrito, cómo pudiste equivocarte de ese modo. Yo por eso no
creo en señales. Te engañaron como al macho cabrío
la trampa con el olor de la hembra. Eso te pasa para que aprendas que
nadie es infalible. Ojos de gallo te asegura que este año no vamos
a perderla, dijiste mientras mirabas con las pupilas dilatadas por minúsculas
llamas de alcohol.
Te
engañaste Martín. Cualquiera pensaría que podrías
leer el futuro con solo mirar hacia arriba. Sólo Dámaso,
el serenatero, bebía en silencio su copa de anís, como si
de ese modo pretendiera ahorrar su voz para otras noches con música
bajo la luna y con una muchacha del pueblo asomada tímidamente
a la ventana.
...
Cuando
empezaron a cantar los pájaros por el amanecer, precisamente a
esa hora en que se respira un aire venido desde lo más alto de
la montaña, sintió pesados los párpados, la cabeza,
todo el cuerpo como si hubiera caminado varias noches continuas por quién
sabe que atajos. Recordó que en su niñez, cuando su padre
era el hombre más fuerte de toda la región, el más
altivo, un héroe ante sus ojos todavía sorprendidos, tenía
que hasta un bosquecillo que estaba a varias horas de camino, para traer
laleña que requerían en su casa. De regreso , sentía
un enorme cansancio, pero era muy distinto de éste, porque ahora
se mezclaba con una sensación de impotencia, de sordo desespero,
inclusive de cólera. Era la diferencia entre una fatiga de niño
y un cansancio de hombre.
Martín
era el más ebrio de todos, no porque fuera menos resistente sino
porque había bebido una copa tras otra. Ya no se le entendían
las palabras que apestaban a alcohol. Quería decir o así
lo parecía. Que no sólo Basilio se había equivocado;
que el mismo, Martín también se había equivocado
cuando afirmaba que ese año iba a ser algo grande. Qué grande.
Ni qué diablos. Quería decir en síntesis, que el
mal tiempo los había jodido a todos.
Es
mejor que llevemos a Martín, dijo Dámaso. Los demás
asintieron.
Mi
compadre Quintín , pensó Basilio en aquella oportunidad
creerá que estoy loco, que perdí la razón desde hace
tiempo, porque siempre le he dicho una cosa y ha resultado otra. No ha
sido culpa mía si todas las señales que he leído
en el cielo me han fallado compadre. Miró los surcos azotados primero
por la sequía y luego por el invierno, por los millares y millares
de cántaros de agua que cayeron con furia. Era amargo tener que
aceptar la derrota que le habían inflingido las formas de las nubes,
el brillo pecualiar de la luna, el color de las hojas, todas esas señales
hermosas y sin embargo capaces de hacerlo equivocar y quedar en ridículo
ante los otros hombres que ya no le oirían con respeto, eso era
lo que más le dolía.
Buenas,
compadre. La voz de Quintín le sonó más apagada que
de costumbre.
Buenas
nó, muy malas las hemos pasado, dijo Basilio. Otra vez no creeré
en señales por muy claras que parezcan. Antes que volcer a leerlas
me tragaré la lenguaa.
Compadre...
Ya
Basilio no oía. Estaba sumergido en si mismo, perdido en sus cavilaciones.
Quintín prefirió no interrumpirlos; no dijo una palabra,
como si temiera volverlo a la realidad, a la certeza de un nuevo tiempo
de penuria y desesperación.
Los
muchachos esperaban el desayuno caminando de un lado al otro de la cocina,
donde ya se esparcía el olor del café. Sólo la Dolores,
la hija mayor, doce años tiznados de carbón y pobreza, le
ayudaba a hacer las arepas, cuando no escaseaba el maíz y podía
descansar de los plátanos salcochados, asados o fritos en manteca
de cerdo frecuentemente rancia.
Dáles
el desayuno, le dijo la madre a la Dolores, y salió de la cocina,
sofocada por el calor y el humo de la leña.
Frente
al patio, donde crecían los rosales que cuidaba con sobrado esmero,
aspiró el aire fresco de la mañana, el mismo aire que movía
las hojas de los árboles al fondo de la casa. Pensó en el
color de las flores que ahora le parecían más brillantes
y luego regresó a la cocina en busca de café. ...
Eran
las 3 de la madrugada cuando tomaron el atajo que levaba Martín,
ojos de gallo, que ya ni siquiera podía abrirlos para vérselos
amarillos y redondos como debía ser los del gallo de la pasión.
A
buena vaina, dijo Dámaso, con éste que no quiere dar paso.
Llevémoslo entre todos, propuso Quintín.
no
hay más remedio dijo Luciano, que, después de Martín,
era el más ebrio, aunque podía caminar con alguna firmeza.
Así
lo hicieron: Dámaso y Quintín lo agarraron por la parte
superior y Luciano por los pies. Con la última lluvia el atajo
se habíaa puesto fangoso, resbaladizo, de manera que la marcha
se hizo cada vez más difícil porque los hombres tropezaban
con las piedras y el barro acumulado. Además estaba todo oscurom,
el cuerpo de Martín era pesado y ellos también sentían
pesados los suyos.
Pensó
en su marido que a esa hora no había regresado. Tenía la
seguridad, se lo decía su intuición de mujer, de que habían
paasado la noche en el pueblo, bebiendo, eso era lo malo. Lo conocía
demasiado para no darse cuenta de que la gran desolación, la enorme
ruina, se le habían metido piel adentro. Ponerse así Martín,
dejarse derrotar de ese modo. Desesperarse como si ya no hubiera Dios,
eso no lo podía aceptar ella, que había aprendido desde
muy joven a sobrellevar todas las penas sin perder el sentido. No podía
comprender por qué los hombres tienen que beber cuando les pasa
algo malo. Cuando murió su madre, peor cosa no puede pasar, ella
tuvo que hacerse la fuerte, no dejarse vencer por la desesperación,
por el dolor que le oprimía el pecho hasta casi no dejarla respirar.
También cuando murió su padre, otra desgracia, a pesar de
que había abandonado su familia por irse con una mujer, sintió
un dolor enorme, tal vez porque él siempre la prefirió entre
todos sus hijos. Nunca en esos trances se había embriagado como
lo hacen los hombres. Puro café negro en el novenario, eso sí.
Pero de licor ni una gota. Más bien por la época de navidad
se tomaba unas dos o tres copas de menta o ponche crema, pero para alegrarse
un poco, para así resistir hasta la madrugada.
Ya
bien entrado el frio de la noche, no aparecía su marido y crecía
su inquietud a medida que el tiempo pasaba. Más de una vez trató
de hacer algo para distraer su angustia que cesaba un solo instante. Entonces
algo vino a su mente: sacó de un armario las velas que siempre
guardaba para los santos y las colocó en un candelero. En voz baja
se puso a rezar.
Como
estaban en la parte peor del atajo, donde el fango era más espeso
porque había grandes huecos en los cuales el agua se empozaba,
a pocos metros de la entrada al desfiladero, los hombres avanzaban con
lentitud, dificultosamente, profiriendo palabras obscenas y con los rostros
cubiertos de sudor.
Dios
te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo...La
voz de la mujer ahora llenaba toda la habitación y su semblante
a la luz de la vela parecía más pálido. Había
en el ambiente cierto desasosiego, cierta angustia flotando, subiendo
por las paredes y la puerta, contagiándolo
En
el desfiladero el viento, ebrio también, silba y aúlla intermitentemente.
El viento helado que golpea sus rostros todavía húmedos
de sudor y les toca los hombros, como llamándolos, y sopla en sus
oídos hasta herirles los tímpanos. El viento y ahora la
neblina que se hace más densa a medida que avanzan. El viento.
La neblina. Los silbos. Los aullidos que penetran la sombra.
...y
bendito sea el fruto.... Ya no pudo seguir. Está cruzada
de presentimientos desde el alma hasta el rostro, toda ella aferrada a
su propio destino de mujer acostumbrada a la esperanza y también
al dolor, a las desgarraduras de vivir en sí misma y en cada uno
de los seres que ama
Un
paso, un solo paso dado en falso sobre la piedra que rodó precipitándolos
en el abismo, en sus fauces enormes que devoran toda llama viviente, un
solo paso fue bastante. En el desfiladero el viento galopaba sobre la
niebla. El viento que no cesaba de silbar y de aullar intermitentemente
en el desfiladero, apagando los últimos gritos de los hombres a
caballo sobre las tinieblas.
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