ATARDECER CON LUCIA

Vino rojo, Shop suey, arroz con camarones. Otra vez vino rojo. Sólo dos vasos más porque a Lucía la marea. Se le sube a la hermosa cabeza, así beba muy poco. En la mesa de madera dorada un gran ramo de rosas toca a fondo el cristal de murano. Afuera continúa la luz desbordándose, pasa la gente, cambian los semáforos, pasan los automóviles, crece el calor de las 4 p.m. mientras aquí mantienen su dominio las breves penumbras, los contrastes de sombras y luces artificiales, y un aire que apenas se siente en el rostro, encima de la piel, trae el aroma de las rosas oscuras y se lo lleva lentamente y lo vuelve a traer y se lo lleva una y otra vez, como un cuerpo invisible, fragmentado en mil líneas en infinitas partículas que lo han vuelto invisible. Sí, que escapa a los ojos, a la mirada más intensa, pero llega al olfato con su bagaje de recuerdos, aconteceres, sensaciones que nunca fueron sepultadas del todo. Inclusive palabras. Todavía más: silencios, grandes pausas, paréntesis cuya presencia no se advierte sino mucho tiempo después de que ha cesado la música. Después que han cesado la tempestad de los cabellos, la lluviosa ternura, el viento de la cólera, según el día que haga en algún sitio de la memoria o de la sangre. Porque tal vez está hecho de la materia prima de la música, es decir, del silencio. Hasta esa brillante, única herencia recibida, que encadena y desata la luz en tu dedo anular. Si te dijera todo esto, Lucía, en lugar de mirarte y quedarme callado durante unos instantes, dirías que por ese camino llegaré a la locura, a esa orilla que está más allá de los sueños. O dirías que estoy divagando. Que tu también divagas porque el vino, por poco que sea, siempre abre secretos caminos por donde es fácil alejarse. Dirías todo eso y algo más o algo menos. Pero ahora nos hemos quedado por un momento sin idioma, sin voz. Mientras tu mano vuela sobre la mesa y se posa en los bordes y yo pienso, mirando el brillante que jamás el silencio fue más duro y más fúlgido. Luego mueves la mano, la retiras, la unes a la otra, las separas. Y en tu anular izquierdo una vez más brilla el silencio, digo, nace la luz, parpadea una estrella instantánea.. Yo pienso las palabras, si así puede decirse, giro en su órbita ciega, me sumerjo en su hechizo. Digo en su hechizo Lucía. Y ya no puedo con tantas imágenes acumuladas en mi mente, ahora mismo, teniéndote a mi lado. Ya no puedo, Lucía. No te parezca raro que me quede un instante con los ojos perdidos y mirándote, como un ausente, como si estuviera sin mi, sólo contigo.

Y Piensas: yo también callo ahora. No sé si es el humo del vino, si es el shop suey, si son esas naranjas chinas perfumadas y dulces, si es el sopor de la hora, si soy yo, si eres tú, si somos ambos que llegamos al fin de ese punto que buscabas en el espacio con tus dedos de niña, porque creías que al hallarlo descubrirías todos los secretos y tendrías en tus manos todos los poderes del mundo. También yo te miro como si nos hubiéramos quedado de pronto sin palabras, desnudos. Sí. Desnudos porque todas las hojas de que están hechas las palabras se nos han escapado, tomaron el rumbo de otras cosas perdidas. Pero te amo. Te contemplo por unos momentos y te amo después por todo el tiempo que me falta. Si pudiera expresarme como tú algunas veces, si no tuviera un nudo en la garganta, te diría: déjame ser tu espejo, tu otra verdad profunda, tu otra verdad, la que no está en ti misma sino en el mundo donde estamos los dos, donde tú me deseas y yo te amo, donde respiras fuertemente y yo me vuelvo campana de aire. Déjame ser el cántaro, la sed, el agua, todo lo que puedas tomar y hacer tuyo. Pero te quedas sin palabras y piensas: estoy desnuda ahora, a pesar de este traje verde y blanco, a pesar de las zapatillas que te gustan porque me llevan hacia ti, como un día dijiste. Desnuda no, me dices. Mucho más. No es la piel, no son las vísceras siquiera ni los huesos. Es una desnudez más profunda, ésta, la del silenco.

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EL VIENTO GALOPA SOBRE LAS TINIEBLAS

Desde la madrugada el agua comenzó a caer sobre la tierra enrojecida, comenzó a golpear los chamizos, los árboles pelados, lo que quedaba de tanto afán y sacrificio. Miró a su alrededor y maldijo su suerte. Y pensó en su mujer y sus hijos dormidos a esa hora, con los rostros serenos, a pocos metros de donde él estaba fumando su tabaco amargo. No había pegado los párpados en toda la noche anterior, golpeado su oído por el viento que silbaba sin cesar en el desfiladero, justo en ese lugar llamado La Vuelta del Diablo, como si éste se hubiera escapado de su infierno y ahora rondara por esos paraje todavía sedientos, a pesar de la lluvia que caía con obstinación. Ahora me da lo mismo que llueva o nó, se dijo con ahogado rencor. Ya ni el amanecer que se acercaba a pasos de montaña, de claridades desatadas, podría restauraren su ánima el sosiego perdido, la esperanza de salir aunque fuera por unos meses de su absurda pobreza de más de treinta años.

La Noche siguiente comenzó más temprano la lluvia. Miró a través de las finas agujas que caían; se caló hasta las cejas el viejo sombrero de alas anchas, atravesó la callejuela oscura donde agua empezaba a caer con furia y entró en la taberna, frotándose las manos para ahuyentar el frío intenso que se le metía por la piel. Se acerco al mostrador de madera descolorida, a cuya izquierda apuraban sus copas tres hombres: Martín ojos de gallo, así llamado por tener amarillos y redondos los suyos, Luciano, apodado el lince por su capacidad para ver a distancia, y Dámaso, el serenatero, llamado de este modo por su afición a tocar el cuatro y cantarle a las mozas del pueblo. Todos eran amigos suyos; los miró de reojo y se sentó junto a éste último. Un calentao, dijo al tuerto Lucena, que atendía personalmente su negocio. Un calentao doble.

Buena noche, agregó. Los tres hombres le contestaron al unísono con las mismas palabras. Después se inició la conversación. No había pele: ese año sería el gran desquite. El buen tiempo era un tema del que no se podía prescindir y más en la taberna, al calor de unos tragos, mientras afuera continuaba cayendo el agua. Nadie entonces, se hubiera imaginado que después de esa noche dejaría de llover hasta quemarse todo el campo, a puro calor de sol hecho lenguas sedientas.

Fuma que fuma su tabaco cada vez más amargo, a medida que piensa en todo lo que se le ha ido de las manos callosas. Recordó las palabras de su compadre, cuando hacía predicciones. NI mandinga, Quintín, podría contradecirme. Esta vez si no fallo.

Compadre, compadrito, cómo pudiste equivocarte de ese modo. Yo por eso no creo en señales. Te engañaron como al macho cabrío la trampa con el olor de la hembra. Eso te pasa para que aprendas que nadie es infalible. Ojos de gallo te asegura que este año no vamos a perderla, dijiste mientras mirabas con las pupilas dilatadas por minúsculas llamas de alcohol.

Te engañaste Martín. Cualquiera pensaría que podrías leer el futuro con solo mirar hacia arriba. Sólo Dámaso, el serenatero, bebía en silencio su copa de anís, como si de ese modo pretendiera ahorrar su voz para otras noches con música bajo la luna y con una muchacha del pueblo asomada tímidamente a la ventana.

...

Cuando empezaron a cantar los pájaros por el amanecer, precisamente a esa hora en que se respira un aire venido desde lo más alto de la montaña, sintió pesados los párpados, la cabeza, todo el cuerpo como si hubiera caminado varias noches continuas por quién sabe que atajos. Recordó que en su niñez, cuando su padre era el hombre más fuerte de toda la región, el más altivo, un héroe ante sus ojos todavía sorprendidos, tenía que hasta un bosquecillo que estaba a varias horas de camino, para traer laleña que requerían en su casa. De regreso , sentía un enorme cansancio, pero era muy distinto de éste, porque ahora se mezclaba con una sensación de impotencia, de sordo desespero, inclusive de cólera. Era la diferencia entre una fatiga de niño y un cansancio de hombre.

Martín era el más ebrio de todos, no porque fuera menos resistente sino porque había bebido una copa tras otra. Ya no se le entendían las palabras que apestaban a alcohol. Quería decir –o así lo parecía. Que no sólo Basilio se había equivocado; que el mismo, Martín también se había equivocado cuando afirmaba que ese año iba a ser algo grande. Qué grande. Ni qué diablos. Quería decir en síntesis, que el mal tiempo los había jodido a todos.

Es mejor que llevemos a Martín, dijo Dámaso. Los demás asintieron.

Mi compadre Quintín , pensó Basilio en aquella oportunidad creerá que estoy loco, que perdí la razón desde hace tiempo, porque siempre le he dicho una cosa y ha resultado otra. No ha sido culpa mía si todas las señales que he leído en el cielo me han fallado compadre. Miró los surcos azotados primero por la sequía y luego por el invierno, por los millares y millares de cántaros de agua que cayeron con furia. Era amargo tener que aceptar la derrota que le habían inflingido las formas de las nubes, el brillo pecualiar de la luna, el color de las hojas, todas esas señales hermosas y sin embargo capaces de hacerlo equivocar y quedar en ridículo ante los otros hombres que ya no le oirían con respeto, eso era lo que más le dolía.

Buenas, compadre. La voz de Quintín le sonó más apagada que de costumbre.

Buenas nó, muy malas las hemos pasado, dijo Basilio. Otra vez no creeré en señales por muy claras que parezcan. Antes que volcer a leerlas me tragaré la lenguaa.

Compadre...

Ya Basilio no oía. Estaba sumergido en si mismo, perdido en sus cavilaciones. Quintín prefirió no interrumpirlos; no dijo una palabra, como si temiera volverlo a la realidad, a la certeza de un nuevo tiempo de penuria y desesperación.

Los muchachos esperaban el desayuno caminando de un lado al otro de la cocina, donde ya se esparcía el olor del café. Sólo la Dolores, la hija mayor, doce años tiznados de carbón y pobreza, le ayudaba a hacer las arepas, cuando no escaseaba el maíz y podía descansar de los plátanos salcochados, asados o fritos en manteca de cerdo frecuentemente rancia.

Dáles el desayuno, le dijo la madre a la Dolores, y salió de la cocina, sofocada por el calor y el humo de la leña.

Frente al patio, donde crecían los rosales que cuidaba con sobrado esmero, aspiró el aire fresco de la mañana, el mismo aire que movía las hojas de los árboles al fondo de la casa. Pensó en el color de las flores que ahora le parecían más brillantes y luego regresó a la cocina en busca de café. ...

Eran las 3 de la madrugada cuando tomaron el atajo que levaba Martín, ojos de gallo, que ya ni siquiera podía abrirlos para vérselos amarillos y redondos como debía ser los del gallo de la pasión.

A buena vaina, dijo Dámaso, con éste que no quiere dar paso. Llevémoslo entre todos, propuso Quintín.

no hay más remedio dijo Luciano, que, después de Martín, era el más ebrio, aunque podía caminar con alguna firmeza.

Así lo hicieron: Dámaso y Quintín lo agarraron por la parte superior y Luciano por los pies. Con la última lluvia el atajo se habíaa puesto fangoso, resbaladizo, de manera que la marcha se hizo cada vez más difícil porque los hombres tropezaban con las piedras y el barro acumulado. Además estaba todo oscurom, el cuerpo de Martín era pesado y ellos también sentían pesados los suyos.

Pensó en su marido que a esa hora no había regresado. Tenía la seguridad, se lo decía su intuición de mujer, de que habían paasado la noche en el pueblo, bebiendo, eso era lo malo. Lo conocía demasiado para no darse cuenta de que la gran desolación, la enorme ruina, se le habían metido piel adentro. Ponerse así Martín, dejarse derrotar de ese modo. Desesperarse como si ya no hubiera Dios, eso no lo podía aceptar ella, que había aprendido desde muy joven a sobrellevar todas las penas sin perder el sentido. No podía comprender por qué los hombres tienen que beber cuando les pasa algo malo. Cuando murió su madre, peor cosa no puede pasar, ella tuvo que hacerse la fuerte, no dejarse vencer por la desesperación, por el dolor que le oprimía el pecho hasta casi no dejarla respirar. También cuando murió su padre, otra desgracia, a pesar de que había abandonado su familia por irse con una mujer, sintió un dolor enorme, tal vez porque él siempre la prefirió entre todos sus hijos. Nunca en esos trances se había embriagado como lo hacen los hombres. Puro café negro en el novenario, eso sí. Pero de licor ni una gota. Más bien por la época de navidad se tomaba unas dos o tres copas de menta o ponche crema, pero para alegrarse un poco, para así resistir hasta la madrugada.

Ya bien entrado el frio de la noche, no aparecía su marido y crecía su inquietud a medida que el tiempo pasaba. Más de una vez trató de hacer algo para distraer su angustia que cesaba un solo instante. Entonces algo vino a su mente: sacó de un armario las velas que siempre guardaba para los santos y las colocó en un candelero. En voz baja se puso a rezar.

Como estaban en la parte peor del atajo, donde el fango era más espeso porque había grandes huecos en los cuales el agua se empozaba, a pocos metros de la entrada al desfiladero, los hombres avanzaban con lentitud, dificultosamente, profiriendo palabras obscenas y con los rostros cubiertos de sudor.

Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo...”La voz de la mujer ahora llenaba toda la habitación y su semblante a la luz de la vela parecía más pálido. Había en el ambiente cierto desasosiego, cierta angustia flotando, subiendo por las paredes y la puerta, contagiándolo

En el desfiladero el viento, ebrio también, silba y aúlla intermitentemente. El viento helado que golpea sus rostros todavía húmedos de sudor y les toca los hombros, como llamándolos, y sopla en sus oídos hasta herirles los tímpanos. El viento y ahora la neblina que se hace más densa a medida que avanzan. El viento. La neblina. Los silbos. Los aullidos que penetran la sombra.

“...y bendito sea el fruto...”. Ya no pudo seguir. Está cruzada de presentimientos desde el alma hasta el rostro, toda ella aferrada a su propio destino de mujer acostumbrada a la esperanza y también al dolor, a las desgarraduras de vivir en sí misma y en cada uno de los seres que ama

Un paso, un solo paso dado en falso sobre la piedra que rodó precipitándolos en el abismo, en sus fauces enormes que devoran toda llama viviente, un solo paso fue bastante. En el desfiladero el viento galopaba sobre la niebla. El viento que no cesaba de silbar y de aullar intermitentemente en el desfiladero, apagando los últimos gritos de los hombres a caballo sobre las tinieblas.

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