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La tercera calle es la más larga y ancha de las nueve que ha tenido el pueble desde hace varios siglos. Por ella cada noche se paseaba la más terca de las soledades. En las aceras, bastante anchas también, el sol era otro perro realengo. El pueblo parecía diseñado para que aquel hombre (Arniches Teodomiro, a su ancha), la señoreara con su llaneza extraordinaria, su capacidad de servicio al prójimo y su prodigiosa versatilidad para el trabajo, que realizaba en los ramos más diversos y en cualquier circunstancia, casi siempre tarareando muy bajo la misma cancioncilla. Tan bajo que a menudo los que estaban presentes no podían saber si el rumor que salía de sus labios era una tonada a punto de extinguirse o apenas un suavísimo siseo. Un día, el domingo u otro festivo que juzgara propicio para sus múltiples actividades, recorría las calles del pueblo con una vieja cámara de cajón al hombro, a la caza de novios, recién casados, cumpleañeros y gente que quisiera conservar algún instante de su vida. De aghí que muchas veces se instalara a las puertas de la iglesia, en espera de que salieran los padrinos, el recién bautizado, los niños que acababan de hacer la primera comunión o el féretro de quien hacía su último paseo por el pueblo. Un solo disparo y a los pocos minutos estaba lista la fotografía, perfectísima como él aseguraba mirándola sin mayor interés. Otro día, cuando era más intenso el calor, se podía ver a Arniches de espaldas, contra el piso de la calle, bajo cualquier vehículo, ocupado en ajustar tornillos flojos o reponer alguna pieza desgastada. Otro día se iba de casa en casa con una caja de herramientas martillo, soldador, llave inglesa, etc.-, reparando algún grifo que goteaba o remendando con igual habilidad la taza de ordeñar, la jofaina o la olla que presentaba pequeños orificios en el fondo, después de haber servido sin interrupción a dos o tres generaciones. Arniches, siempre servicial, siempre dispuesto a ejecutar las obras más diversas, estaba en todas partes en el momento oportuno. No tenía lo que llaman cultura, propiamente, pero sabía hacer de todo. Poseía, además, una curiosidad innata que lo llevaba a desarmar con idéntica paciencia un reloj de pared, un viejo radio o cualquier otro objeto que tuviera a su alcance, sólo para saber como funcionaban, de qué partes estaban construidos y cómo deberían armarse, para el caso de que tuviera que arreglarles cualquier desperfecto mecánica en alguna ocasión. Sólo en una materia manifestaba Arniches e incluso cultivaba, una glacial indiferencia: en la política. O más exactamente, en la política tradicional. Por ese lado, no quería nada. Había presenciado tantas cosas y sabido otras tantas, también lamentables, por bocas ajenas, que no tenía sino una preocupación muy personal y muy sincera: no meterse en política, como él mismo decía. De ahí que cuando alguien le pedía su opinión, mencionaba las obras que el régimen había dejado de hacer o simplemente hablaba en su presencia de las comisiones que el funcionario Tal había percibido. Arniches demostraba verdadera aspereza y se enfundaba en un silencio hostil. Tenía bien presentes los casos de algunas personas conocidas que se habían buscado más de una desgracia por haber despegado los labios cuando debían tenerlos herméticamente cerrados. Un día él, Arniches, sin quererlo se dio cuenta de cómo empezaba a organizarse una agrupación nueva. De la mañana a la noche quedó constituida. Con sus directivas. Con su militancia. Con todo. Ello ocurrió a la vista de las elecciones que se avecinaban. Hubo, pues, que llenar una serie de formalidades, entre las cuales se contaba la muy importante de integrar planchas de ciudadanos al Concejo Municipal que, por aquella época, se debía instalar. Para tal efecto, debían inscribirse las planchas en el Registro correspondiente dentro del plazo establecido por las leyes. Fue entonces cuando varios notables del pueblo, ante la escasez de candidatos, le llegaron a Anches esgrimiendo razones que todos, por rigurosa unanimidad consideraban poderosas. Lo exigía el bien común: el pueblo ya debía estar representado por sus mejores elementos y no había más camino que servir a la colectividad y a sus sagrados intereses. Hablaba don Olinto Mendieta, acompañado de los hermanos Albarrán, ambos obesos y serios, y de otros dos señores que no estaban de acuerdo con la política del Dr. Arbitano, don Dámaso Grijales y el grupo reducido que ellos dirigían. Aparte toda demagogia, él, Anieches, era uno de los individuos más capaces y honestos de la localidad: entendía de todo y tenía vocación de servicio. Esas eran precisamente las cualidades para ocupar el puesto que venían a ofrecerle. Ahora hablaba uno de los Albarrán, subrayando cada palabra con un movimiento de la mano derecha, en cuyos dedos sostenía un cigarro apagado. Arniches, al principio, casi no daba crédito a todo lo que oía, no hallaba que decir, abría los ojos desmedidamente y tal vez sentía frío en las manos porque, viéndolas bien, le temblaban. No, yo no sirvo para esas responsabilidades, no me meto en política, fueron las únicas palabras que encontró en ese instante para darles alguna respuesta. Todos sabían bien cómo sentía gusto en ayudar a los demás, en prestarles sus pequeños servicios, en hacer cuanto estaba a su alcance. Pero eso de intervenir en cuestiones políticas, eso no era con él. Don Olinto Mendieta insistía en sus razones que ahora, con el calor de la discusión, consideraba irrebatibles. Arniches era parte del pueblo, como no, allí vivía y allí se le necesitaba para luchar por el progreso y el bienestar de la comunidad. Aparte toda demagogia, debía repetirlo, el era una de las personas más indicadas para integrar la plancha que encabezaba el propio Don Olinto. No se pudo salir del tenaz cerco que los visitantes le iban estrechando. De nada le valieron todas las excusas que le presentó ni las razones que trató de exponerles con la mayor objetividad. Tenía que trabajar en su increíble variedad de actividades ahora hablaba de nuevo don Olinto-, eso era verdad, pero poniendo un poco de su parte, podía sacar el tiempo requerido para tan nobles propósitos. Así lo hacían ellos, era cosa sabida. Y en cuanto a la tranquilidad que deseaba, nada mejor para conseguirla que una buena labor de equipo, cuya finalidad era imponer el orden y velar por las buenas costumbres, que era lo que el pueblo necesitaba y ya pedía a gritos. Todo se iba hacer por la paz y el sosiego (sic) de la colectividad, por su bienestar, porque no se podía aceptar que los pocos camiones, las cuatro o cinco motos que allí había y que sus propietarios mantenían ex profeso en condiciones lamentables, unieran sus estruendos a los pitos y tambores de los muchachos y a la espantosa música de las rockolas recién instaladas en los bares que habían proliferado en los últimos años. Anches ya no pudo más: se halló entre las espadas de los visitantes y la pared de sus propias obligaciones que se alzó sobre él y le cortó toda posibilidad de sustraerse al compromiso de cumplirlas. Aceptó simplemente, como se acepta un día de invierno bajo cualquier alero, uno de esos chubascos que se precipitan cuando menos se espera. Bueno, eso sí, pedía que fuera uno de los últimos, el último, si no era mucho pedir, de la lista. Así pensaba con no poca razón y con no menos esperanza, era posible que él no alcanzara entre los electos. Pero vinieron las elecciones y las ganó la agrupación de Don Olinto, una especie de nuevo partido que, bajo ambiguas apariencias, no se oponía propiamente al gobierno (todo lo contrario) sino a ciertas personas de las cuales éste quería aligerarse. Aunque nunca se dieron a conocer los resultados exactos del escrutinio final, fue proclamada como vencedora la plancha íntegra de don Olinto Mandieta y la noticia se extendió por el pueblo con la misma rapidez de un incendio. Cuando Arniches se enteró de que se encontraba entre los electos, sintió tan poderosa conmoción que alistó su maleta y se fue sin despedirse de nadie. Tomó como algunos decían, el camino del monte. La primera decisión adoptada por don Olinto Mandieta y su grupo fue precisamente para designar una junta de tres personas encargadas de buscar y convencer a Anches de que debía cumplir sin más demoras las obligaciones que su cargo le imponía. De que para cumplirlas, en efecto, tenía que comenzar por regresar al pueblo y ocupar el puesto que le correspondía. Pero fueron inútiles todos los esfuerzos realizados, incluida la subida a lo más escarpado del monte, porque Anches no apareció por ninguna parte: se evaporó lo mismo que el profesor Landowski, el profesor de bailes modernos que un día desapareció sin dejar rastros, coincidiendo con la partida de una de sus discípulas. Sólo se diferenciaban en las circunstancias que habían determinado sus respectivas desapariciones. Alguien dijo una vez, sin embargo, que una noche a las 12 en punto, vio bajar a Anches del monte en un caballo rucio, fumando un tabaco cuya candela descomunal alcanzaba a alumbrar el camino. Dijo también que Arniches -el fantasma de Arniches- súbitamente arrojó a un lado el tabaco y desapareción entre las tinieblas. Pero nadie creyó enteramnente esta versión, no porque la gente del lugar fuera incrédula, sino porque se supo que el autor de la misma era don Tiburcio Ramos, hombre demasiado metido en cuestiones de espíritus.
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Siempre recuerdo a la tía Mónica con su rostro lejano, en aquel pueblo rodeado de árboles y cubierto desde el atardecer por la neblina. Entonces yo no había aprendido a leer, pero ya dibujaba varias letras y números que me había enseñado mamá. Porque tía Mónica era indiferente a mis preguntas y curiosidad; ella sólo ponía interés en el zurcido de la ropa, en el cuidado de sus cabellos que eran, por cierto, muy hermosos, y en aprender a tocar un cuatro que tenía dibujos de diversos colores, tal vez demasiado brillantes, y que colgaba en uno de los rincones de su habitación. Durante mucho tiempo fue a casa un señor que vestía generalmente de negro y que enseñaba a tocar el cuatro no sólo en ese pueblo sino en otros vecinos. Tía Mónica recibía dos clases por semana: los martes en que la puntualidad del profesor era absoluta y los sábados en que eran frecuentes sus faltas porque se iba a tocar en diversas fiestas, ya fuera con motivo de un bautizo, un cumpleaños o cualquier otra celebración. Tía Mónica siempre estaba contenta los días de clase, pues era muy aficionada a la música. Creo, sin embargo, que era más aficionada a escucharla que a tocar ella misma. Se sentía feliz cuando oía las piezas que el maestro tocaba en el cuatro. Recordando mejor, me parece que tía Mónica no tenía muchas facultades para aprender el arte y los secretos de tocar el instrumento. Pero eso quizás no le importaba: ella hacía el esfuerzo y cada vez que los oficios de la casa terminaban, se ponía a estudiar las lecciones que el profesor anotaba en un cuaderno de ésos que se utilizan en la escuela, pero en lugar de letras había líneas largas y algunos dibujos para ilustrar mejor las diferentes posiciones de las notas y cómo se colocan los dedos en el cuatro. Tía Mónica duraba horas enteras estudiando. Pero yo no veía ni escuchaba progreso alguno, a pesar del esfuerzo y el tiempo que a tal aprendizaje dedicaba. Así pasaron las aguas de aquel río que iluminó mi infancia, quiero decir, el tiempo que cambió de color aquel río. Porque primero era transparente, purísimo, como que en su corriente sólo flotaban hojas secas, maderas y otras materias semejantes. Pero después el río fue volviéndose turbio con tantos desperdicios que arrojaba la gente, incapaz de conservar las cosas naturales, como decía mi tía Mónica con no poco disgusto. Por razones como ésas y otras que no consideraba necesario exponer, ella se había refugiado en sí misma, en sus labores y en el cuatro, la pequeña guitarra en cuya voz cabe lo mismo la alegría que la pena, la evocación de la nostalgia. Un día, casi lo veo a través de la niebla, llegó a casa un hombre alto, con un maletín en la mano, y preguntó por tía Mónica. Recuerdo hasta su voz entrecortada y sus ojos cansados. Yo no oí lo que habló con la tía, pero ella de inmediato se puso a llorar. Mamá en ese momento entró a la sala y me mandó a salir, y yo me fui sin pronunciar palabra. Pero ese mismo día supe lo que había ocurrido, la causa de aquel súbito llanto de tía Mónica: su profesor de cuatro, aquel señor que vestía de negro, había sido atropellado por un auto y todos los esfuerzos que se hicieron por él fueron inútiles. Supe también que el hombre alto que trajo la noticia era médico y además pariente muy cercano del profesor, quien ese día había estado en una fiesta de cumpleaños donde estuvo tocando muchos valses que tenían en común algo premonitorio: eran casi todos muy tristes o así lo parecían, ya fuera por sí mismos o por la emoción que su intérprete les comunicaba. Recuerdo y esto no lo olvidaré seguramente- con cuanto sentimiento lloraba la tía por la muerte del profesor. Creo que llevó siempre por dentro aquel llanto, casi visible en sus ojos después de mucho tiempo. Otras cosas podría recordar de tía Mónica, como su manera tan suave de rezar o su costumbre de contarnos cuentos en que invariablemente aparecían músicos y fiestas. Pero lo haré en otra oportunidad. Por ahora lo único que quería era hablas de la tía y de su cuatro que tenía dibujos de distintos colores y sonaba de un modo diferente al de todos los cuatros que he oído después, en muchos días de mi vida. Por ahora sólo quiero agregar que desde entonces nadie volvió a tocar el cuatro de la tía Mónica.
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Lo llaman el espía del 7º. Porque constantemente lo han visto aquí, detrás de la ventana de su apartamento, atisbando la gente que pasa por la calle a todas horas: desde la madrugada hasta ese momento sin orillas en que la noche se da vueltas así misma, como un reptil de sombra, y otra vez una nueva madrugada comienza, silbo delgado, solo, entre los ruidos que se alzan del mundo envueltos en una niebla azul y continua. Lo llaman de ese modo porque ellos los inquilinos de este edificio y de otros cercanos- lo han visto aquí junto al vidrio empañado por su aliento, inmóvil y reconcentrado en su silencio, como si así pudiera arrojar sus fantasmas a través del cristal donde apoya la frente. Lo llaman el espía porque tiene la absurda creencia de que vive pendiente de ellos, vigilándolos en sus menores movimientos, en sus más sigilosos quehaceres. Se equivocan. Está aquí porque se ha asignado este sitio para que, a fuerza de sentirse lejano, se reencuentre así mismo, después de tanto haberse buscado en los demás. Pero no lo conocen. Habrán visto el semblante que tienen los cabellos que no suele peinar, la barba descuidada y crecida, como si no fuera un inquilino sino el sobreviviente de un naufragio habrán visto su flux arrugado, cubierto de polvo, negro hace mucho tiempo y ahora gris lo mismo que sus viejos zapatos. Pero nunca han sabido quién es, nunca sabrán quién fue, de dónde vino hacia donde ha de ir cuando termine el oficio oscurísimo que ellos le atribuyen y que jamás ha realizado, porque le falta tiempo para ocuparse de sus propios asuntos y observar lo que pasa en alguna región de su memoria, en algún sitio oculto donde puede permanecer sin temor de que vean su desnudez, las llagas que le roen la piel y atraviesan la carne hasta tocar el hueso duro donde comienzan otras desgarraduras sin materia. Muchas veces, cuando baja a traer provisiones (cigarrillos, cerveza, pan negro, queso ahumado, algunas latas de sardinas, café), los muchachos vecinos le han gritado que es el vigía que acecha a sus parientes, el espía, mejor el ave negra que no puede volar porque tiene la forma de un hombre, de un alucinado que se pasa las horas en su atalaya improvisada, detrás de la ventana, con los ojos desorbitados como si fueran a salírsele. Viejo loco, espía, espíiia le han gritado, tirándole las palabras, como piedras. Viejo mugriento, vuélvete a tu torre. Y al quedarse mirándolos han retrocedido algunos pasos. El ha pensado que son todavía unos niños y ha seguido su rumbo, procurando no oír sus insultos, esas provocaciones que los adultos, sólo ellos, pudieron enseñarles. Pero han continuado tirándole palabras, verdaderas pedradas de uno y otro lado, como si su silencio los hubiera exasperado. Su silencio y su pacífica soledad, su condición inerme. Muchas veces, entonces, ha parado su marcha y ha mirado con cierta indiferencia, fijamente, sus ojos tan brillantes como fueron los suyos, sus rostros bien cuidados y jóvenes como él mismo fue cuando sus padres,
celosos de su bien, arrepentidos de sacarlo a la luz, existían sobre este planeta donde un día lo dejaron definitivamente solo, ya vueltos ese poco de huesos en que acabaron tantos sueños. Se ha quedado mirando a los muchachos, mirándolos sin prisa, si dejar que crecieran en él las malezas del odio, la ortiga de la cólera que podría dañarlos, porque son unos niños aún. Ellos (¿será posible?) han comprendido su desesperación, ese dolor agudo que asoma al semblante de un hombre acosado, y sin decir palabra lo han dejado en paz, si es que en paz ha podido vivir algún día. A menudo, cuando regreso de la calle que devora mis pasos, me siento en la silla de mimbre, junto a la única mesa que tengo en mi apartamento, destapo la botella de cerveza que he traído y que suda pequeños diamantes y la vierto en un vaso; observo por unos momentos el líquido dorado y lo apuro con lentitud sorbo a sorbo con repetida lentitud hasta sentir su frescura que me recuerda las espigas del campo, grávidas y ondulantes bajo el viento y la lluvia. Después enciendo un cigarrillo, aspiro el humo (también muy despacio) y de nuevo me acerco a la ventana, miro la calle todavía soleada y me parece que soy cualquiera de esos hombres que andan por las aceras, unos como si fueran meditando sus pasos, otros saltando casi poseídos de una premura cuyo objeto no puedo comprender por más esfuerzos que haga, tal vez porque nadie me espera cuando vuelvo a este sitio, a estas alturas donde vivo o me siento vivir fuera de tiempo. Desde esta distancia no distingue los rostros de los transeúntes, no puede ver sus gestos ni entender las señales que parten de sus ojos; pero le basta imaginar de enigma, el peso de ternura o de cólera que ellos llevan por dentro en esas oquedades donde cada minuto se van acumulando polvo y sueños, amor, y desencuentros, desamor y miseria, traiciones y otros obscuros desperdicios del ser enfrentado a sí mismo y abandonado a su única suerte. Por eso cuando los inquilinos de este y de otros edificios cercanos lo miran como si él fuera un espía, una especia de monstruo sigiloso que los acecha tenazmente, se equivocan, no saben que desde esta ventana los ve como bultos opacos que se mueven en diferentes direcciones y acostumbran quedarse en las esquinas durante unos instantes, tal vez mientras compran un diario o esperan que cambien las luz de los semáforos. Frecuentemente llueve y entonces esos bultos le parecen helados y los ve correr bajo las telas negras, azules, amarillas o rojas, según sean sus sexos y edades, de los paraguas que le ocultan la mitad de sus cuerpos. He pensado que me odian. Casi puedo jurar que serían felices si pudieran quitarme para siempre de este lugar donde me he trocado en algo parecido a una sombra que, de noche, desaparece pero deja unos puntos de fuego suspendidos en forma de triángulo: mis ojos que refleja el incendio de las luces eléctricas y la candela del cigarrillo que cuelga de mis labios. Otro podría odiarles a su vez, devolver ese brillo torcido de rencor, ser como ellos. Pero odiar nunca ha sido mi oficio. Creo que simplemente no me han comprendido. Ni siquiera se han dado cuenta de que prefiero no mirar hacia el interior de sus apartamentos. ¿ Qué podría ganar yo con ello? Sólo sorprenderlos cuando besan a sus mujeres o juegan con sus hijos olvidados de todo ese mundo que dejaron abajo, en oficinas, automóviles, numerosos donde se gastan cada día. Es verdad que me paso las horas junto a esta ventana, sin moverme, sin dar mientras de vida, sobre todo cuando termino de fumar y me quedo con la mirada vuelta hacia atrás, perdida en una ciudad de provincia por cuyas calles empinadas subieron o bajaron mis primeros asombros. Ve, entonces, con una lucidez que lo llena de invencible ternura, de dolor y pavor, aquella casa pintada de blanco y azul, que tenía una puerta de madera nudosa, una ventana (siempre una ventana), tres habitaciones y un patio en cuyo centro cultivaba su madre las plantas que solía contemplar todas las tardes larga, larguísimamente como si así pudiera sorprender su crecimiento, su viaje mágico de la raíz al tallo, del tallo a la corola y de ésta a la aroma. Puede ver a su hermana menor, la que, al contrario de su madre, amaba más las dalias que las rosas y decía que éstas son más bellas, y quién lo puede negar pero, carecen del intenso color y las formas opulentas de aquéllas. Puede ver asimismo a sus otras hermanas dialogando en voz baja, riéndose suavemente, para no interrumpirle la lectura de un libro o la escritura de quién sabe qué absurda cuartilla. Estoy allí sentado en el antiguo taburete que usó largo tiempo mi abuelo, apoyado el respaldo contra la pared, sumergido en mi afán prematuro de completar con sueños la realidad precaria que siempre, desde niño, he vivido. Desde este que soy, tan distinto de ese otro que amó tantas cosas perdidas, me veo como era en esa edad y me escucho cuando digo allá lejos: María tráeme un cigarrillo, ¿María qué hora es?. Y María mi hermana benjamina: Ya voy, ya te lo llevo, Son las diez o algo así. Para entonces habíamos olvidado la muerte de la abuela, ocurrida sin años atrás; se habían borrado de nuestra memoria aquellas circunstancias tristísimas que siguieron al día de su desaparición. Ni siquiera la escena desoladora que todos protagonizamos, incluso la abuela en su ataúd, con riguroso traje blanco y en silencio absoluto; ni aquella profusión de azucenas, medallas, cintas doradas y otros objetos funerarios que brillaban sin tregua bajo las cuatro velas encendidas; ni siquiera el murmullo de los llantos a medio reprimir, subsistieron después en nuestras ánimas y el tiempo pasó de tal modo que la muerte dejó de ser para nosotros esa posibilidad de la cual sólo tenemos una exacta noción cuando nos arrebata un ser amado. Pero el tiempo transcurre, no se queda indeciso en el lugar donde ha fulgurado: trabaja ocultamente en la sangre que corre bajo la piel de la ceniza y tal vez sea él mismo partículas de sangre que hasta hoy no han aislado los sabios en sus laboratorios. Pero un día lo harán, estoy seguro, y entonces se sabrá de qué obscuras
substancias se compone y qué fuerzas comenzó a desatar desde el primer instante en que vino a instalarse en nosotros. Por eso se me antoja que el tiempo y la muerte son como dos amantes que comparten su lecho en nuestras venas y que sólo se irán cuando nosotros mismos nos hayamos marchado. Son ahora las 11 de la noche. Detrás de la ventana y a través de sus vidrios atisba la gente que pasa, las sombras que vienen y se van por la calle mojada, donde las luces de los automóviles se proyectan como espejos fugaces. De repente oye el ruido de pases nerviosos en el piso de arriba, es decir en lo que es el techo de su apartamento. Es el loco de arriba. Qué manera de andar de un lado a otro, en un espacio tan pequeño. Y hay noches en que no se detiene un momento, como si fuera uno de esos robots de juguete que exhiben en diciembre los vendedores ambulantes, pero a escala mil veces aumentada, y al cual le hubieran dado cuerda para que ande hasta el amanecer. En varias ocasiones, mientras el loco daba vueltas y más vueltas en su habitación, ha pensado que sí el hábito de caminar a solas devuelve el sosiego perdido y hace pensar con mayor claridad, como decía su abuelo sonreído detrás de los gruesos anteojos, ese hombre va a ser la encarnación de la serenidad y el equilibrio de la mente. Más exacto: ese hombre sin duda recobrará muy pronto la razón, porque no puede estar en sus cabales una persona que toda la noche se pasea por su alcoba. Sólo que cuando esto suceda lo habrá vuelto loco, definitivamente loco, con ese sonido incesante que hacen sus pasos al caer sobre el piso de su apartamento, es decir, sobre el techo del suyo, pues no ha respetado su silencio ni su desafortunada circunstancia de vivir en ese sitio. Pero basta de locos. Prefiere taparse los oídos y mirar a la calle que ahora está desierta, aunque de cuando en cuando pasa algún automóvil o cruza una sombra viviente. Prefiere soñar y pensar si la viera en este momento por la acera donde sigue cayendo la llovizna, si la reconociera desde lejos y bajara a esperarla y ella (la que ha amado en tantas mujeres menos inaccesibles) fuera la misma que ha seguido de cerca no sabe cuántas veces, sin haberla alcanzado jamás. Enciende un cigarrillo; mira de nuevo hacia la calle, oblicuamente. Sabe que no pasará a esta hora y tal vez a ninguna. Pero sigue pensando: si, además, se parara de pronto y ya nadie pudiera, ni ella misma, evitar el encuentro, ¿qué podría decirle, qué le contestaría, qué dirían ambos?. Y si pudiesen hablar, si se diera el milagro, ¿dónde pondrían entre tanto ese silencio que llevan encima, debajo de la piel, entre las grietas del corazón, como un traje viejo, como una herida honda, como una hierba que ha seguido creciendo entre dos muros donde todo es dureza, sequedad y vacío? Ya basta de soñar, No vendrá. Tal vez nunca ha existido fuera de mi cerebro o de esta calle. No estoy seguro de esto ni de nada. Debo reconocer que me hundo en un clima especial: el aire aquí es un largo sollozo, la luz flota como una corola gigantesca y el espacio está lleno de rostros que se van y regresan y han perdido sus cuerpos y sus nombres. Y por eso son leves y no tienen recuerdos. Pero vuelvo a mi única ventana; desde aquí miro el mundo y a menudo me asaltan deseos de bajar y de irme silbando hacia otra ciudad donde pueda empezar una vida distinta, liberado de todas las palabras y todas las imágenes y todos los sonidos que habitan las palabras, como si al fin pudiera sacudirme tanto sueño. Otra vez oye ruido de pasos. Uno. Dos. No sabe cuántos serán. El reloj da las 12 y el hombre de arriba camina por su habitación como si fuera el único habitante de este monstruoso edificio. No comprende qué puede sucederle, qué desastre ha vivido, para que ande así toda la noche. La verdad es que sólo lo ha visto una vez y eso muy de carrera, al bajar a este piso para tomar el ascensor, pues el de su piso se había dañado. Tiene los ojos grises y parece que miran al revés; todo su rostro es pálido, alargado, pero las cejas son espesas y negras, tal vez para darle así sombra a sus diabólicas visiones. Muchas veces, después, ha pensado que en una ciudad como ésta se puede morir de las maneras más insólitas, incluso apuñaleado por un desconocido, por un loco, en cualquier ascensor. Continúan los pasos arriba. Piensa que si fuera y tocara a su puerta (buenas noches o mala madrugada) y le dijera que no deja dormir, que descanse aunque sea un par de horas, tendría por lo menos un motivo para arruinar lo que le resta de sosiego. Sería un enemigo. Pero no se dirá nada. También ha aprendido a sufrir toda clase de penalidades, por agudas que sean. Se pregunta si es un ser humano, lo que se llama un ser humano, ese que arriba no se cansa de andar por la alcoba, derrochando los pasos que podrían servirle para irse a otra parte, donde nadie tuviera la dicha de habitar en el piso inferior. Cuando aumenta este ruido infernal, como sucede ahora, recuerda las palabras de su abuelo, sentado en una orilla de la cama, con la toalla ceñida a la cabeza a manera de turbante. Tenga paciencia, hijo decía suavemente y sonreía detrás de los anteojos. Luego, se incorporada y tras de unos pasos en la habitación se sentaba en la silla de mimbre, donde pasó muchas horas en la radio buscando canciones españolas que se le parecían a las de su país, y de nuevo hablaba de la gente que no sabe respetar a su prójimo. En esos casos, hijo, lo mejor es dejarlos que hablen agregaba con ese marcado acento de extranjero que nunca aprendió totalmente a pronunciar en castellano y olvidó en cambio de su propio idioma. Pero su abuelo le hablaba en esos términos para distraer de algún modo su cólera, porque él era tan inconforme como el nieto y además no aceptaba la mezquindad con que algunas personas respondían a su actitud bondadosa y valiente. Tiene la certeza de que si su abuelo hubiera estado en este apartamento, sometido a este ruido de pasos interminables habría soportado la noche es decir, esta noche pero mañana arreglaría sus cosas y se iría a otra parte, así fuera preciso cualquier sacrificio para no estar aquí un minuto más. Por eso, cuando conoció a su gran espíritu, su apasionada voluntad de ser digno y de no soportar situaciones injustas, se dijo que si a alguien quería parecerse en ese sentido era a él, aunque sólo fuera en su actitud que jamás comprendieron sus hijos a pesar de que estaban más cerca de acuerdo con su árbol genealógico. Monótonas, desesperantes, las pisadas que da el loco de arriba podrían, sin embargo, haber agotado la paciencia, la estoica manera de ser y la fuerza interior de ese hombre pequeño de cuerpo pero enorme de espíritu, de quien heredó su segundo apellido. Pero esto no tiene relación, por lo menos directa, con el hombre que en el piso de arriba va de un lado a otro de la alcoba, como si no supiera que por debajo del suyo exactamente hay otro ser humano en cuyo oído esas pisadas se va acumulando hasta causarle algo parecido a la locura. Por eso, quizás, he permanecido largo tiempo detrás de la ventana de mi apartamento, mirando cómo pasa la gente por la calle. Mirándola en silencia, como si ese tropel de personas que van por las aceras, unas caras serias, otras risueñas, otras tristes etc.; fuesen criaturas mías, inventadas por mí, para olvidar este ruido de pasos que me están enloqueciendo. De allí que los inquilinos de este edificio y de otros cercanos (adultos respetables y muchachos que juegan a las metras todavía) me llamen el espía del 7º. Piso, el viejo loco, el mugriento vigía cuya sombra de alguna manera ha venido a inquietarlos. Sin embargo, debo reconocer que si esos pasos incesantes desde el primer momento perturbaron en parte de mi razón y en parte de mi ánimo, han despertado mis defensas más íntimas y han puesto a andar el oscuro mecanismo de mi voluntad que me empuja a salir de este sitio donde ya he padecido bastante, apenas separado del abismo por dos metros cuadrados de vidrio, a través del cual he vivido durante varios meses en la desesperación de ver el mundo desde estas alturas, sin cumplir mi destino de actor en el amargo espectáculo de este tiempo. Me preguntó si ese hombre que anda como sonámbulo, como deshabitado, como si algo se le hubiera perdido entre los laberintos de su propia conciencia, habrá pensado alguna vez en el daño que se puede causar a los vecinos con su torpe manera de moverse y gastar sus zapatos enormes en el cuadrado de su habitación. Casi podría jurar que nunca tuvo en cuenta los derechos de los demás y que no aprenderá a respetarlos en el curso de toda su existencia. Llueve, ahora, con fuerza. Llueve a gritos. El suelo de la calle, las aceras, incluso las paredes de los edificios, brillan con una intensidad que sólo se produce en la noche, cuando los múltiples reflectores de los avisos luminosos caen oblicuamente sobre el agua. Le gusta oír este vasto rumor que va creciendo minuto a minuto, como un gran concierto en que el viento es un largo violín, la lluvia una mandolina infinita y los árboles son arpas, clavecines, aladas panderetas que suenan a lo lejos, desde los escenarios de los parques y jardines por donde asoma su único rostro vegetal la ciudad. Ta no hay ruido de pasos: se han apagado completamente. No podían luchar contra esta hermosa música que es la tempestad en uno de los momentos más radiantes. Cree que nunca o casi nunca pudo sentir una alegría igual, un gozo tan ligado a la tierra, a este planeta donde ha enloquecido de amor, de desesperación, de soledad, de no sabe cuántas cosas, buenas o malas pero todas capaces de transformarlo o llevarlo a otros planos sobre los cuales ha pasado como quien va husmeando su suerte. Y piensa que quizá ha debido llover con más frecuencia sobre esta ciudad, sobre este edificio y sus tenaces habitantes, para que no tuvieran tamaña sequedad y tan poca ternura. Sin embargo, no sabe si es veraz y, sobre todo, justo, pero qué sabe uno de aquello que hay o sucede en las profundidades de nuestros semejantes que, por cierto, no son tan semejantes como hemos creído o nos han enseñado. Bien podría ocurrir que en el viejo conserje de este edificio (rostro duro, mirada impasible, ojos inexpresivos) aliente un alma tierna , sensible como pocas, bajo la piel curtida por los años, mientras en Teresina, la hija del propietario de la pastelería donde compra galletas a veces, adivina una vaga crueldad, una dureza oculta de bajo de su lindo semblante que no logra olvidar en ciertas horas de implacable desvelo. Miro el reloj: las 3 p.m. Llueve todavía. La noche ha sido larga como la soledad que ha llenado de monstruos y espejismos este lado vacío y enorme, en cuyo interior he padecido durante varios meses consecutivos la angustia de no estar en el mundo y mirarlo a través de este vidrio, como si yo no fuera un habitante suyo sino cualquiera de esos espejismos, de esos monstruos que me acechan sin tregua. pero no han sido en vano estos padecimientos, esta elevada soledad (no olviden que vivo en un 7°. Piso) y este ruido de pasos continuos que, aunque no son los míos, casi me llevaron hasta el borde del abismo. Todo, pues, me ha servido para llegar a este sitio, a esta hora en punto de mi destino, a este que soy bajo esta noche lluviosa en que he permanecido con los párpados secos de sueño y al final he resuelto abandonar los temores, las dudas, el desgano que (ahora lo reconozco) he cultivado con minuciosidad y que horadaron por sus bases mi oscura atalaya. Debo esperar que pase este desfile de tinieblas, me digo con la voz hacia adentro y enciendo un cigarrillo, levantándo la llama del fósforo como si así se marcharan más pronto. Ahora cepilla su flux, luego toma la maquinilla de afeitar y limpia la maleza de su barba, después lustra sus viejos zapatos, se cambia de camisa, busca una corbata, va cumpliendo sin prisa la casi olvidada tarea de vestirse, de hacerse presentable hasta donde es posible, sin reparar en su semblante fatigado por el insomnio y surcado de líneas prematuras. Por enésima vez se acerca a la ventana: abajo está la calle mojada, no hay un alma en este momento, pero ya no se oye el vasto rumor de la ciudad que va creciendo bajo la madrugada. Mira a su alrededor: se recortan contra el azul las grandes moles de los edificios y no lejos de éstos los pájaros gorjean entre los árboles. Las sombras se retiran ante el día que viene. Ahora está tranquilo. Sabe que no debe perder la tal vez última oportunidad para volver al mundo que le espera con todas sus cosas hermosas y terribles, y que definitivamente debe ser prójimo de su prójimo y amigo de su amigo, aunque ahora no tenga quien lo oiga y le diga que ha perdido mucho, pero que eso no importa porque no ha sido todo. Sabe, en fin, lo que va a hacer cuando haya dejado este lugar y se encuentre en la calle, a pleno sol, donde ya no será el viejo loco, el mugriento vigía del 7°. Piso, sino este que ha comprendido de una vez para siempre que el único camino verdadero es el que está adelante y por él echa a andar hacia donde lo espera su destino. A la hora en punto.
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